¿QUE ES EL TALENTO?

¿Es lo mismo que la inteligencia, la habilidad o la creatividad?

· Los países avanzan a golpe de talento en un mundo digital e interconectado.

· Hace falta talento político y social para impulsar el talento científico.

Hay palabras que de tanto usar se desgastan, como el amor de la Jurado o sarandonga. Va un puñado: sostenible, empoderar, arraigo, resiliencia, microbioma, cuántica, inteligencia artificial (IA) y, ahora, talento. Pero, ¿qué es el talento? El diccionario lo define como la especial capacidad intelectual o aptitud de una persona para aprender las cosas con facilidad o para desarrollar una actividad con mucha habilidad. La mayoría de informes científicos versan sobre talento deportivo y artístico y sobre los “savants”, personas con cualidades extraordinarias para actividades concretas (música, matemáticas, memoria) y serias deficiencias cognitivas. Hace siglos el progreso de un país lo determinaban sus riquezas naturales y su fuerza laboral; más tarde fue su capacidad industrial y de innovación tecnológica. Hoy, los países avanzan a golpe de talento en un mundo superpoblado, digital e interconectado.

El talento vive sumido en interrogantes. ¿Es sinónimo de inteligencia, originalidad, habilidad, tenacidad o creatividad inusitada y genialidad? ¿De todas? ¿Hay uno o muchos? ¿Se reserva a la sensibilidad artística y las novedades tecnológicas? ¿Se refiere a mano de obra cualificada? ¿Cómo se mide? ¿Se nace, se hace o ambos? ¿Reside en un área cerebral concreta o en redes y conexiones complejas? ¿Es fruto de la neuroplasticidad? ¿Es cosa de jóvenes? ¿Es universal, pero muchos no tienen oportunidad de desplegarlo en toda su magnitud? ¿Es el éxito profesional? ¿Lo tienen los animales? ¿La IA genera talento artificial o amenaza al talento humano? Parafraseando al Principito, es tan esencial como invisible.

Se ha destacado el papel catalizador sobre el talento del contacto con otras culturas y de los avances tecnológicos. Las biografías de Voltaire y Cajal lo ilustran. Voltaire fue expulsado de Francia por sus escritos. En Inglaterra descubrió la libertad, leyó a Locke, Newton, Bacon y otros filósofos, abrazó el empirismo y perfiló su estrategia en pos de la racionalidad, la duda y la libertad de pensamiento. Cajal es un ejemplo de talento con escasez de medios. Se lamentaba de no poder compartir sus ideas y datos con colegas ilustres y de carecer de tecnología avanzada, en su caso microscopios y técnicas de tinción. Hasta que la Diputación de Zaragoza le regaló un microscopio de última generación para agradecer su contribución en la epidemia de cólera. Así pudo presentar sus hallazgos en congresos y tejer una red de científicos anatomistas que tradujeron su trabajo al alemán, el idioma de la ciencia por aquel entonces. Ironías del destino, una red de colegas se encargó de diseminar su idea de que la organización cerebral no era reticular. Eran otros tiempos, sobre todo para la ciencia. Hoy nuestra ciencia dispone de profesionales y medios de primer nivel para realizar una investigación puntera. Además, el trabajo en red con grupos internacionales es la norma, el dominio del inglés es una necesidad cubierta y los centros acogen numerosos científicos foráneos. Si esta visión tan repetida es real, ¿aporta algo una larga estancia en un centro extranjero, más allá de la enriquecedora inmersión cultural o el aprendizaje de una materia concreta? ¿Indica que nuestra ciencia es mala? ¿Suple sus carencias? ¿Explica la sangría de talento? ¿Es una costumbre anacrónica? ¿Es complejo de inferioridad? ¿Cierra puertas a grupos nacionales? ¿Cuántos proyectos becados tienen continuidad a su vuelta?

Más allá de retornar y atraer talento, el éxito de un país se basa en crearlo y retenerlo. No estamos bien posicionados en la lista de universidades, ciudades y países talentosos

(Eurostat). Hay trabajo por hacer trazando una estrategia de políticas abiertas, inteligentes e impulsoras de conocimiento excelente, capaz de generar proyectos empresariales con propósitos relevantes para el futuro de la humanidad. Pero, además de esta visión política que promueva oportunidades para que aflore el talento local oculto y atraiga el foráneo, se requiere inteligencia social y tolerancia a la inmigración para su acogida e integración.