PIENSE TRANQUILO

¿Podrán leer nuestro pensamiento?

· Pensar es un proceso más complejo que escuchar historias o ver imágenes.

· La complejidad de la organización del cerebro es una barrera casi insalvable.

Año 2060. Una mujer y su hijo de 4 años juegan en el parque. Ambos portan unos cascos en la cabeza. Sirven para leer la mente porque la humanidad considera que conocer las intenciones, las ideas y los pensamientos de los demás facilita la vida. Es más seguro y ayuda a anticiparse a los acontecimientos. Se ha creado una policía moral e intelectual que detiene a quien piense de modo peligroso. Así están las cosas en la sociedad del futuro. De repente, el niño echa a correr y se acerca peligrosamente a la linde del parque con una carretera atestada de vehículos sin conductor que circulan a gran velocidad. La madre tiene 71 años y, aunque dio a luz hace cuatro gracias a una técnica biológica de fertilización, no puede correr con el vigor de una joven. Se asusta, se enfada, llama al niño con un grito y piensa que cuando lo coja, lo mata. De inmediato, un policía la inmoviliza con una descarga de mogollón de voltios. El niño contempla la escena, aterrado.

Este futuro distópico sirve para reflexionar sobre la visión de algunos neurocientíficos que anuncian el advenimiento de tecnologías no invasivas que leerán el pensamiento. Dos magníficos artículos recientes lo sugieren. Ambos consisten en el estudio del patrón de actividad cerebral obtenido con equipos de Resonancia magnética funcional (RNMf) mientras una persona oye historias, ve imágenes o imagina objetos, y analizado con algoritmos de inteligencia artificial (IA) que reconocen lo oído y visto con bastante exactitud. Concluyen que, como esto ya es posible, en poco tiempo se dará el salto de palabras, frases e imágenes a ideas, reflexiones y pensamientos, que, al fin y al cabo, son también patrones de actividad neuronal. Maticemos. La RNMf carece de la precisión y fiabilidad que requiere el sustento de una conclusión de semejante calado. Parece que la IA compensa esta limitación y descifra con sentido la actividad captada, aunque necesita entrenamiento y la cooperación del sujeto. Además, pensar es algo más íntimo, sofisticado, impredecible y dinámico que oír o ver. No es banal pasar de registrar, analizar e interpretar el significado de la actividad de miles de neuronas en circuitos relativamente sencillos a la de millones de neuronas distribuidas por todo el cerebro en redes neuronales complejas, interactuantes y cambiantes. Cuando vemos u oímos algo, las primeras impresiones que invaden nuestra mente son colores, formas o sonidos. Estas percepciones y sensaciones inmediatas no son todavía pensamiento. La fiesta de actividad neuronal que supone pensar empieza justo después de lo que recoge la RNMf de los estudios mencionados. Y es una fiesta tumultuosa, extremadamente compleja en la que interviene todo el cerebro porque pensar es el resultado de razonar tras analizar, valorar, reconocer y comparar las sensaciones percibidas con información previa archivada en la memoria. A veces, el pensamiento surge sin estímulo y fluye sin destino aparente. Lo más formidable es que este proceso puede variar en la siguiente ocasión que nos expongamos al mismo sonido o la misma visión debido a cambios en nuestro cuerpo, nuestra situación personal o nuestro entorno. Es decir, el pensamiento es moldeable en función del contexto interno y externo.

Por último, el pensamiento está adornado de cualidades emocionales intangibles, como enfado, ira, alegría, miedo, sarcasmo o ironía. La mujer del parque no piensa matar a su hijo; como mucho le reprenderá, pero exagera su reacción por estar enfadada y asustada. Esto es muy obvio y ya se argumenta que el algoritmo de IA que escudriñe las imágenes

de la RNMf interpretará y descifrará también las emociones. Es muy improbable. Incluso si la información proviniera de trillones de nanoelectrodos insertados en la profundidad del encéfalo, cada individuo debería portar su propia manta de electrodos porque cada uno piensa a su manera, como las familias infelices de Anna Karenina. Una tarea titánica que no resolverá solo la tecnología sino el conocimiento total de la extremada (y bendita) complejidad del cerebro.