PERSONALIDADES PELIGROSAS

La triada maligna es una personalidad preocupante si ocurre en un líder.

· Todos los rasgos de la personalidad pueden ser ventajosos.

· La deshumanización es común a todo fascismo.

· El narcisismo y la soberbia no gustan de consejos que desagraden a los oídos o las ideas.

¿Por qué no existe una personalidad “óptima” que aumente nuestro éxito vital? La razón es que los rasgos de la personalidad son adaptativos. Son termostatos que regulan la conducta. Un rasgo beneficioso en un contexto es una rémora en otro. Las ventajas de la apertura mental, amabilidad y extroversión en épocas de paz y bonanza económica se vuelven un lastre en tiempos de zozobra en los que se premia la hipervigilancia neurótica y el trabajo concienzudo. Por eso la selección natural no ha restringido la personalidad a un único tipo ideal. Mejor tener un poco de todo y saber utilizarlo en cada momento.

No obstante, hay personalidades que preocupan por su repercusión social. Un ejemplo es la triada maligna, compuesta por narcisismo, maquiavelismo y psicopatía. El mundo del poder económico y político es terreno abonado para estos individuos. Elon Musk es un buen ejemplo: decidido, perseverante, creativo, crítico e impulsivo, puede arruinar su obra si deja que su ego y falta de empatía guíen sus decisiones. El psicólogo Steve Taylor estudia la conducta de líderes políticos mundiales y concluye que bastantes de ellos tienen rasgos psicopáticos. Afirma que “el ansia de poder es lo único que mitiga su falta de empatía. La democracia pone límites a su poder por lo que tratan de desmantelarla”. Para Taylor, gobernar a golpe de decreto es un síntoma. Lo hacen porque, como buenos narcisistas, creen que son perfectos. “Están convencidos de que no pueden tomar malas decisiones. Por eso, cuando los medios los critican, se lo toman realmente mal. Sienten que se les ha faltado al respeto”. Y, en consecuencia, crean sus propios medios.

Max Weber decía que la política estaba plagada de tentaciones como el ansia de poder, la vanidad de la demagogia y la egolatría. Aunque con matices, el autoritarismo y el populismo son lugares comunes del líder narcisista iliberal. Una encuesta a seguidores de Trump, constató una tendencia al supremacismo, al narcisismo y a la psicopatía violenta. El líder autoritario alimenta su resentimiento y victimismo con miedo y bulos. Pero, el hallazgo más llamativo del estudio fue su marcada inclinación a calificar a sus oponentes como inhumanos. Consideran a alguien de otra raza, cultura o ideología más cercano al simio que al Homo Sapiens. Desprecian la idea de universalidad del ser humano. Deshumanizar, llamar alimaña, rata o perro al oponente, es común a todo fascismo. El narciso populista anhela otro tipo de seguidor con espíritu crítico condicionado. Es el caso de movimientos identitarios radicales. Surgieron en Estados Unidos y defienden una justicia social a la carta. Sus líderes son universitarios acomodados. Manipulan a personas vulnerables, víctimas de agresiones continuas y marginación. Instigan a grupos radicales para ejercer una violencia psicológica en las redes sociales para hostigar y eliminar de la vida pública a sus opositores, cuya reputación socavan con argumentos falaces. Es la cultura de la cancelación, una dictadura de la minoría que triunfa en sociedades hipermoralizantes y llenas de valores absolutos, tal y como describe el psiquiatra Pablo Malo en “Los peligros de la moralidad”. Martin Luther King definió la igualdad racial como la ceguera al color de piel. La ceguera debe extenderse al género, físico, clase, etnia, religión y a cuantas cualidades sean objeto de discriminación. Se ha avanzado, pero

estamos aún lejos de alcanzar una verdadera justicia y la intransigencia totalitaria no es la mejor vía a seguir.

Unos y otros buscan la polarización social entre “nosotros y ellos”. El “extremismo de líder narcisista” se combate con políticas humanistas, moderadas, en un marco de respeto y tolerancia entre las fuerzas políticas y de fortaleza e independencia institucional. Son los raíles para que la democracia no descarrile. Pero, el narcisismo no gusta de consejos que desagraden a los oídos o las ideas. Viven en una realidad paralela asentada en la mentira. Su inmisericorde actitud enfermiza solo se modifica con una profunda mutación en el cerebro.