HABLAR Y NO DECIR NADA

Una conversación exitosa ha de ser informativa, sincera, relevante y clara.

· La inteligencia artificial fracasa en su intento de producir un lenguaje natural.

· Algunos políticos son maestros del arte de hablar y no decir nada

Eugene Goostman, un joven ucraniano, causó sensación al superar el test de Turing en 2012. Esto no tendría nada de particular si no fuera porque Eugene es un “bot conversacional”, una criatura virtual sustentada por un programa de inteligencia artificial (IA). El test de Turing fue propuesto en 1950 por Alan Turing, padre de la computación y la IA. Consiste en entablar una conversación con un jurado humano que debe decidir si está dialogando con una persona o no. Si una máquina lo supera indica que está dotada de inteligencia semejante a la humana (la llamada IA general) porque implica que comprende el lenguaje y conversa con sentido. Eugene intercambió mensajes de texto durante cinco minutos con los miembros del jurado y un tercio salió convencido de que era humano y no una máquina. Los fieles de la IA vendieron el resultado como la prueba definitiva de que la IA comprendía el lenguaje y que, por lo tanto, la ansiada IA general estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, un análisis fino del diálogo destapó la estrategia: la máquina basaba su conversación en el sarcasmo, el encubrimiento y la distracción. En otras palabras, violaba las máximas propuestas por el filósofo del lenguaje Paul Grice para el éxito de una conversación: la máxima de cantidad (ofrecer tanta información como sea necesaria, pero no más), de calidad (ser sincero y no dar información falsa o no demostrable), de relevancia (decir cosas relevantes y pertinentes para el diálogo) y de modo (ser claro, breve y ordenado, sin ambigüedad). Eugene no quería conversar con sentido, sino burlar al tribunal humano. Sus programadores presumieron que el jurado asumiría la idea de que estaba ante un adolescente grosero que contestaba con desdén e insolencia por no dominar el inglés. Es decir, la charla no fue informativa, sincera, relevante ni clara. Si un gran desafío de la IA es demostrar su inteligencia utilizando un lenguaje natural, sorprende que crearan un fraude a propósito y se hicieran trampas al solitario. Es un contrasentido ridículo, pero los intereses económicos de las compañías de IA intentan ocultar a toda costa su pobre desempeño en la comprensión y la interpretación lingüísticas, una característica básica y simple de la inteligencia humana. En definitiva, era un logro muy alejado de la IA general que caracteriza al ser humano, con sus luces y sus sombras. Además, desprestigió el valor de superar el test de Turing como muestra de inteligencia. En lo relativo al lenguaje, la IA actual solo puede ser débil al limitarse a extraer patrones de un magma de datos que puedan ser computarizados (que ya es mucho). El sentido común y los aspectos más sofisticados del lenguaje, como la pragmática y el contexto, no lo son y es dudoso que vayan a serlo con el metaaprendizaje por composicionalidad (vaya nombrecito), un nuevo método de IA que relaciona conceptos.

Tristemente hay Eugenes de carne y hueso. Destacan algunos políticos, auténticos maestros del arte de hablar y no decir nada. En pocas sesiones parlamentarias se responde de modo breve, sincero, informativo y transparente a las preguntas que se formulan, sino con un neolenguaje lleno de evasivas para ocultar la realidad, eufemismos para esquivar palabras tabús (crisis, mentira, amnistía, guerra, perdón, condena, impuesto, socio) y respuestas frívolas y chulescas para desacreditar al adversario. También se observa en los enunciados vacíos de contenido que encabezan consultas y plebiscitos (Un inciso: Deberían leer a Jon Fosse, premio Nobel de Literatura por “su prosa que da voz a lo indecible” y ver la película Being There, en la que Peter Sellers encarna el papel de un jardinero justo de entendederas que alcanza altas cotas de poder tras enunciar cuatro frases huecas). Estos comportamientos son síntoma de populismo y ejemplo de falta de respeto

a la inteligencia ciudadana, especialmente en tiempos en los que parece no importar con quién se pacta, sino qué se pacta. Y como la sociedad no es el jurado del test de Turing, reacciona con una creciente desafección. Una pena.